Jan 212011
 

Texto Constantin T. Ciubotaru

Traducción: Fabianni Belemuski

Revista Madrid en Marco


Podría ser un prologo:

Lanzamiento en Espacio Niram

 

En el gran domingo, cuando se cumplían tres años de la muerte de mi madre y tres meses de la de mi padre, se convino que el Sábado de los Muertos, les pondríamos una cruz de piedra.
Volví a casa tres días antes.
Ena, una vecina, primer amor y la única amiga sincera que dio mi pueblo natal, me escribió al trabajo, señal inequívoca de que en casa había acontecido algo importante.
“Ven rápido. Tu cuñada y sus familiares, los vecinos, están destruyendo vuestra casa. La mitad ya está vacía. Con lo que se rumorea por las esquinas, hice una lista de todo lo que pilló cada uno”.
Había anexado una tabla con las siguientes secciones: 1. El nombre de los presuntos. 2. Sustracciones. 3. Observaciones. En el número dos estaba apuntado al lado de los nombres: herramientas, cubiertos, objetos diversos, trozos del parqué del suelo o de la buhardilla de la casa, palos de la valla, árboles fructíferos talados o destrozados.
La primera constatación:
Al entrar me pareció que todo estaba en su sitio, la casa limpia y aireada, así que sospeché que Ena tenía otras intenciones, sobre todo porque había oído, en el entierro, que su marido la dejó y se fue con otra y a ella ya no le manda nada para sus dos hijos. Quería regañarla.
La segunda constatación:
a) Nituca, el vecino que estudió cuatro años en el colegio, pero sólo llegó a segundo de primaria, no me devolvió el saludo. Tuve la impresión de que se asustó al verme. No comprendí por qué gritaba:
– ¡No entres! Te voy a cortar con el hacha. Ya no lo hago, ¿va?
b) Gulae, otro vecino, se dio media vuelta al verme, saltó una valla y echó a correr como si yo estuviera enfermo de la peste.
c) Tuca, su mujer, a la que pillaron segando la hierba en nuestro jardín, gritaba desde el porche:
– ¡Si pasas, suelto al perro!
d) Mirón, el de Maranda, el peleón reconocido de Capreni, la parte del pueblo donde vivo, dio la cara. Le tendí la mano para saludarle. Se meo en los pantalones.
– Le doy mi palabra señor oficial, no volveré a hacerlo. No cogí ya nada del viejo Toa ni siquiera una brizna de hierba, ¡lo juro por mis ojos! Y tampoco entré así, como loco, en su parcela. Mi hermano, el procurador, me vendió la parte donde levanté el establo. ¿Quieres que lo quite? Lo hago, porque paliza como la que me diste no me llevé siquiera en la prisión, donde estuve ya tres veces, tú sabes que pasé por ahí…
e) Ena venía del campo con el carromato. Solamente tenía una vaca al yugo. Cuando me vio se pasó al otro lado del carromato y gritó:
– ¡Eres un sinvergüenza Mizoc!
Mizoc era el mote de mis hermanos, según el nombre de la madre, Artemiza, a quien la gente llamaba Miza y que nos defendía haciendo las veces de padre, casi siempre fuera de casa.
Conclusión acerca de todas mis constataciones:
Algo iba mal, no comprendía qué, por eso fui a la Milicia. El jefe del puesto fue mí alumno.
– Sí, entraron como vándalos, les emborrachó tu cuñadita. Les llamé aquí para declarar. Unos cabrones alcohólicos. Sostienen que usted ibas vestido de oficial, con uniforme, que les golpeaste con la fusta, todos trajeron certificado médico, pero cada uno de ellos, lo menciono, fue traído en un avanzado estado de ebriedad. Llamé a la Milicia donde usted trabajas, se hicieron reconocimientos. Más de un centenar de alumnos y 20 profesores declararon que el día uno de abril, cuando tuvieron lugar los sucesos,  estabas ahí, en el colegio.
Estaba conversando en la taberna comunal, con una cerveza delante. De repente entraron mis vecinos, seguidos por los curiosos que se habían concentrado en la calle, intrigados por sus gritos:
– Señor jefe, ¡venga! El Mizoc otra vez se puso ropa de miliciano y nos apalea. Mire, a mí se me hinchó el ojo.
– A mí me rompió la boca, maldito Mizoc.
– ¡Me ha roto una costilla! ¡Venga con nosotros! Ya está. Le han pillado y está atado.
– ¿Quiéeen?, grité indignado. ¿Quién es Mizoc, malditos borrachos?
Se hizo el silencio. Los invasores se quedan boquiabiertos.
– Ifrim, llama gritando el jefe miliciano al ayudante.
La estirpe de Gulae se volvió a emborrachar y están aquí para que les ablandemos los huesos. ¿Lo ve, camarada profesor?
– Lo veo, sí, pero no lo comprendo.
– Yo tampoco, pero otra cerveza nos podemos tomar, ¿verdad?