Apr 222014
 

Por Victoria García Acero

Azay Art Magazine

Sergio Stuparich, Niram Art EditorialSergio Stuparich (Santiago de Chile, 1943) es licenciado en Filosofía y Psicología por la Universidad Católica de Chile y estudió Ciencias Exactas en la Universidad de Chile. En 1975 obtiene el grado de Dottore in filosofia con mención en Ciencias Sociales en la Universitá Degli Studi di Torino. Entre 1978 y 1985 realiza investigaciones a nivel de Master en filosofía teórica, en la Lunds Universitet, Suecia. Ha sido bibliotecario y profesor de filosofía, psicología y castellano en distintos países como Chile, Croacia, Italia, Bulgaria, Alemania, Checoslovaquia y Suecia. Fue exiliado político en tiempos de la dictadura militar chilena, desde 1973. Sergio Stuparich es autor de los libros Wer uns nich kennt, kennt Chile nicht, Berlin 1975, Chileense lente, Baarn 1977, Chileense lente, Antwerpen 1978, Tusind stierner over Chile, Copenague 1978, Den som inte känner oss, känner inte Chile, Estocolmo 1979, Különös ismertetöjele nincs, Budapest 1981, Häxkonster, Estocolmo 1981, Uppbrott, Estocolmo 1982, Situaciones,  Lund 1982, Röster från Latinoamérica, Estocolmo 1984, del Guión para la serie de TV Malmoe  “Fast bältet”, 1992 y La Guarida – Memorias Iconoclastas, LOM, Santiago de Chile 2008. Ha ganado dos veces el  concurso cultural CRAV.

¿Qué le ha movido a escribir un libro que abarca tanto?

Cuando uno entra a estudiar filosofía, lo hace pensando en responderse preguntas sobre el origen del universo o el puesto del hombre en el cosmos. Sin embargo, no después de mucho se da cuenta que su misión es más modesta: la de retransmitir eclécticamente ideas de grandes pensadores. Esto, en ningún caso, significaba que yo tendría que pensar tan profundo como ellos. Ellos habían sido pensadores que habían tocado el cielo con un dedo y nunca se me había pasado por la mente que yo pudiera estar en su misma categoría. De hecho, tenía que aclarar a muchos que yo era un simple profesor de filosofía y jamás y un filósofo. Los filósofos eran, en la mayoría de las culturas del siglo XX, personajes iconizados, pasados al Olimpo de la historia de la humanidad como sabios que habían, con su puro pensamiento, generado algo esencial para que los demás simples mortales nos interiorizáramos con sus verdades. En mi casa tenía varias estatuillas de ellos que los dignificaban y los eternizaban.

Si alguien me hubiera preguntado cuál es el sentido de la vida, por principio hubiera rechazado las explicaciones místicas, como la cristiana, la budista o la masónica y hubiera tenido que recurrir a explicaciones elaboradas al paso, como que “estamos en este mundo para contribuir con el desarrollo de la Humanidad”, lo que verdaderamente creía, pero era insuficiente: Había que profundizar en los orígenes y la evolución del Universo, en la razón de nuestra descendencia de especies inferiores, en nuestro probable destino cósmico,  etc.

La tesis que elaboraba en la Universidad de Lund también era muy específica, muy estrecha para una “visión filosófica”: las cátedras en la materia estaban cada día más especializadas al mínimo (“(La visión de Heidegger en 1937”) o clasificadas según la región dónde se hiciera, como la división entre “filosofía inglesa” y “filosofía continental”: ¡La filosofía, la más universal de las disciplinas, el mejor instrumento para dar respuestas trascendentales, dependía de a qué lado del Canal de la Mancha hubiera nacido el que la pensara! Para mí, un absurdo. Agréguese a esto que después de la expansión de las ciencias sociales, la filosofía, en los medios intelectuales, o era una simple auxiliar de las ciencias, como lo creían los positivistas, o era una parte instrumental del actuar político, como lo pensaba Althusser y gran parte de los marxistas.  Todas estas especializaciones, reduccionismos y segmentaciones de la actividad filosófica eran árboles que no dejaban ver el bosque, que dificultaban el ir a responder las preguntas esenciales sobre nuestra existencia.

Cuando me empiezo a preocupar por el tema, lo máximo que hasta entonces tenía en archivo era una crítica  a la teología por no dar respuestas  a la problemática de la existencia, tenía una admiración entusiasta  por el existencialismo sartreano y había hecho una incursión política en la praxis marxista, tratando de cambiar el mundo. Todo eso no era suficiente, no digamos que para aspirar a hacer filosofía: ni siquiera me alcanzaba para elaborar un sistema de ideas que incluyera mis propias creencias. No sólo no era un filósofo: tampoco ni siquiera me alcanzaba para ser un pensador coherente.

Entonces decido una cosa muy simple: Como herencia a la parte de las generaciones futuras dispuestas a interiorizarse con la temática del libro,  les legaría simplemente la suma de los conocimientos que hasta ese momento me parecían relacionadas con una respuesta a la cuestión del progreso humano. Seguía la lógica del profesor: “Esto es lo que he aprendido, aquí lo tienen”. Empecé el libro en inglés, porque en la universidad me manejaba en ese idioma, pero luego lo traduje al castellano, para expresarme con más soltura y sutileza.

Resultado: El ensayo comienza desde los primeros días de los Homos, cuando se despierta la auto-conciencia a un mundo difícil y hostil, hasta la parte final, cuando ya van un par de siglos de nuestra aventura en el mundo del Micro,  que abren, una tras otra, perspectivas que nos llevan a un futuro inimaginable no hace mucho. Eso se estaba, entonces, delineando como un ensayo de historia de la filosofía (o del pensamiento trascendente) o tal vez de historia del desarrollo humano, pero no quería dejarlo sólo en eso.

En medida en que avanzaba me di cuenta que la obra iba tomando consistencia y sentido casi por sí misma, que después de una enésima revisión estos hechos e ideas se iban cohesionando, se iban compactando y a veces estructurándose, de modo que la historia humana iba adquiriendo sentido y dirección. Y, lo más importante, me di cuenta que no bastaba con los términos que había aprendido para enseñar: Necesitaba introducir nuevos términos filosóficos, históricos o antropológicos para darle congruencia a las ideas que exponía, necesitaba clasificar las épocas por las que había pasado la Humanidad de una manera inédita, de una manera que no había leído en ninguna parte.

¿Serían estos términos y esas clasificaciones mi contribución al Conocimiento? Bueno, aunque no lo fuesen estaba conforme, porque había intentado meter la punta del pie en la entrada del Olimpo de la sabiduría.

¿Cree que la Humanidad ha tenido alguna época concreta más edificante que otras? ¿Por qué?

La Humanidad ha vivido obnubilada y alienada gran parte de su existencia. Se interpretaba (y se interpreta) lo existente a través de mitos y ritos religiosos que se había creado originariamente para imaginarse el mundo más placentero y optimista, menos crudo y peligroso de lo que era. Los homos,  además, trataban de mimetizarse con otros animales, de  pertenecer a especies que no tenían biológicamente nada qué ver con él mismo. Con esta metamorfosis, con este auto-engaño se trataban de sentirse instintivos y poderosos; trataban, como describo en el libro,  de pertenecer al pan-nous. Con esa distorsión del propio yo, sumidos en esa estupidez, vivimos más de dos millones de años.

Una época interesante fue aquélla en que estuvimos saliendo de esa alienación, cuando los sumerios y egipcios se vuelven pueblos agrícola-ganaderos, inventan la escritura y transcriben la poesía, cuando se agrupan en ciudades y alzan magníficos templos y monumentos, entre el cuarto y el tercer milenio a. C.,  porque los hombres no sólo se estaban reconociendo como especie, sino además se estaban dando un valor a sí mismos por sobre los animales, las plantas y los objetos de la naturaleza y además mandaban a su representante-faraón a vivir eternamente entre los dioses.

Luego, es extraordinaria aquella época de los primeros físicos-filósofos griegos que se arrogan la tarea de interpretar el mundo sin recurrir a los mitos religiosos ni a las cosmogonías; que queriendo o sin querer van a desafiar con la razón (logoproklisi) al conocimiento establecido y a los dioses; esa época de descubrimientos cuando de la nada, sin seguir alguna tradición escolástica,  aparecen teorías sobre el origen y la constitución de la materia, sobre el desplazamiento de las estrellas, sobre la evolución de las especies (más de 20 siglos antes que Darwin), cuando aparece una teoría heliocéntrica (17 siglos antes de Copérnico), cuando se estudian las medidas de la circunferencia terrestre, se establecen los principios de la medicina, se descubren teoremas de geometría, leyes sobre las palancas y el desplazamiento de los líquidos y se realiza hasta la construcción de un motor elemental.

Las épocas helénicas y helenísticas deja su herencia, cristianizada o cancelada a medias por los monjes medievales, y con esta herencia vuelve a surgir la cultura clásica, en el Renacimiento: Otra época remarcable porque humaniza los estereotipos anquilosados y sacrales de los siglos anteriores y en nombre de una vuelta a la civilización griega abre también las puertas a las investigaciones científicas modernas.

Pero sin dudas la época que nuestros descendientes van a juzgar como la más edificante es la que estamos viviendo ahora, desde hace un cuarto de siglo:

En el campo científico, hemos recibido la herencia de la revolución industrial y la sucesión de descubrimientos que le siguió: La electricidad, los narcóticos para operar sin dolor, antibióticos, zepelines y aviones, daguerrotipos y fotos para dejar, automóviles y trenes de alta velocidad, cadenas de montaje para multiplicar los productos, teléfonos y radios, automóbiles grabadoras, robotización de la producción, televisión, computadores, una red invisible para comunicarse a través del planeta… Desde hace un par de siglos que acumulamos a nuestra vida cotidiana, uno tras otro, invenciones e innovaciones que ni siquiera los más avezados visionarios del Renacimiento se habían imaginado, las que se van difundiendo, masificando y entran a formar parte de nuestro bienestar cotidiano de  ciudadanos de fines del siglo XX.

Estamos en una época  edificante, porque se construye sobre la derrota del nazismo y del  comunismo, que mantenía amenazas de terminar la guerra fría en un desastre planetario.  Una época en que se intenta establecer  criterios universales de relaciones sociales en las Naciones Unidas y en los gobiernos locales; época en que se lapida el centralismo político y el control a ultranza de la economía, época que favorece que la democracia se estableciera como un modelo de sistema político en los países que yo llamo Scatli y eso dio espacios más amplios para el pensamiento individual y el intercambio de ideas. Las reglas del juego de la convivencia civil vienen establecidas, se forma un paradigma de las bases de la vida política y social, el paradigma de la globalidad.

Claro, todavía quedan algunos defectos y desviaciones: Hay  subterfugios y se juega con las cartas marcadas, pero tienen que al menos mostrar un respeto formal de los principios de este nuevo paradigma, lo que a su vez valida su importancia. Se trata tanto de Putin y Berlusconi como de Chávez y Ahmadinejad, que manejan sus países con leyes ad personam, cambios de constituciones, control de la prensa  o con grupos clientelares fanatizados…

Además,  surgen nuevas ideologías totalitarias y viejas religiones que se estén proponiendo como amenazas a estos valores y a este estilo de vida… como vendrá analizado en mi libro “El pensamiento del siglo XXI”

Pero con ese paradigma están quedando atrás las guerras entre las potencias, países y las rebeliones y conflictos internos disminuyen. Nunca desde tiempos inmemoriales había habido tan escasos conflictos bélicos como en la actualidad. En la práctica, casi todos los encuentros armados y atentados que hoy existen tienen que ver con intentos de hegemonía de la religión musulmana y con la nostalgia comunista, y aún éstos están disminuyendo. Las regentes de las sociedades de la época post-guerra fría parecen haberse desinteresado de la solución de agresión y masacres para los problemas políticos y sociales y además parecen vigilar para que no suceda en otras latitudes.

De los protagonistas que han contribuido a forjar la historia, muchos de los cuales aparecen en su libro, ¿cuáles son para usted los más relevantes y por qué?

Generalmente se piensa que los grandes gobernantes o los grandes generales cuando se habla de “forjar la Historia”. Se piensa que por el “genio guerrero” de Alejandro impuso la cultura helenística, pero esas expansiones territoriales que él logró no hubieran dejado nada de trascendental de si detrás de sí si no hubiera estado el genio de su mentor Aristóteles y la cultura griega respaldándolo. Napoleón tampoco hubiera llegado muy lejos si no hubiera  representado a la parte político-militar de las ideas de Voltaire, Rousseau y Montesquieu.

Ahora bien, a través de los tiempos, los que han forjado verdaderamente la Historia son los visionarios que han contribuido con teorías, descubrimientos, invenciones, construcciones o con reformas políticas o sociales, a que sus comunidades o sus épocas progresaran.

Si queremos destacar los más sobresalientes, sin dudas encontraremos a Khufu (Cheops) que planificó la Gran pirámide de Giza y probablemente la Esfinge, que muestra la grandeza y la majestuosidad de la cultura humanística que se estaba imponiendo en aquellos tiempos. Está también Akenatón que organiza la primera “ciudad del sol”, el primer intento de utopía en la Historia, y crea una religión monoteísta para sus conciudadanos, lo que de un modo u otro influyó en el monoteísmo de los hebreos. Luego están la tremenda cantidad de ideas filosóficas y científicas de Grecia antigua, empezando por “aficionados a la sabiduría” como Anaximandro, Demócrito y Aristóteles que intentaron explicar y sistematizar todo lo existente con los pocos documentos e instrumentos que en aquel tiempo había. Heráclito, otro de ellos, ha puesto el universo en movimiento, mientras Sócrates, Epicuro y Zenón fundan morales filosóficas que se convertirán en bases para religiones posteriores. Juan el Bautista, los esenios y Jesús fueron también protagonistas porque proponen una religión universal en tiempos de prejuicios localistas y fanatismos raciales. Después están los grandes aventureros como Colón y Magallanes que le dieron una configuración a nuestro planeta de residencia. Está Galileo que le da validez a la investigación científica por sobre los prejuicios religiosos, está Cervantes que a través de una obra literaria lapida el espíritu medieval. Están Newton y Kepler que encuentran las regulaciones que rigen en el Universo, está Descartes que descubre que el pensamiento humano es la condición ontológica de la existencia de todo. Está John Locke, que influye en las ideas libertarias e igualitarias de Jefferson y Lincoln. Están Voltaire y los enciclopedistas que desmitifican la condición divina de las categorías sociales y abre las puertas a las monarquías constitucionales o a las repúblicas en Europa. Están Hume y Kant que dan los fundamentos del moderno empirismo que hará obsoletas las especulaciones metafísicas. Está Darwin, que nos baja los pies a la tierra sobre nuestra condición anatómica,  está Mendeleiev que organiza los elementos constitutivos de la Materia. Además están los teóricos sociales como Marx, Smith y Weber que condicionaron la vida política del siglo XX. Están los pensadores como Kafka, Darío, Orwell y Sartre que ponen al descubierto los absurdos de la vida y la sociedad. Están los muchos investigadores que descubrieron e inventaron tantos elementos que han pasado a ser parte de nuestra vida cotidiana, desde el globo aerostático hasta el Apolo XI, desde el teléfono hasta el ordenador. Pero sobre todo están los genios de Einstein y Hubble que nos situaron en un universo esencialmente diferente del que conocíamos. Están las investigaciones cosmológicas de Hawking y Dawkins.  Están Deng Tsiao Ping y Gorbatjov, que liberaron a la humanidad de su paranoia política, están los visionarios con coraje civil como Gandhi, Sacharov, Havel y Mandela, que marcan hitos en hacer el mundo menos injusto y menos opresivo.

En la actualidad estamos atravesando una crisis económica global; se habla mucho de un cambio (necesario) de paradigma; así las cosas, ¿por qué derroteros cree que va a avanzar la historia tanto a nivel macro como micro?

Las ciencias humanas (sociales) están, desde sus inicios, basadas en un equívoco: Que la historia,  las actividades sociales, la política, la economía, la mente o el comportamiento  tengan leyes, estructuras y contenidos mesurables. Se las ha convertido en ciencias sin serlo (y sin poderlo ser). Los principios en que están basadas de vez en cuando se vienen abajo, tanto en la crisis del 29 como en la caída del sistema soviético en el 89,  sin poder dar explicaciones razonables, porque se ha supuesto que los fenómenos sociales sean reducibles a reglas y fórmulas que en realidad no existen.

Analizando las “leyes sociales” que parecen más certeras, como la de la lucha de clases de Marx, la del crecimiento demográfico de Maltus, la primera es imposible de probar, la segunda está probada como falsa. La ley-paradigma en economía, la de la “oferta y la demanda”, se cumple tan solo si la vida de cada ciudadano fuera capaz de mercantilizarse al punto que sus acciones dependieran de la ganancia o el profito, cosa que no ocurre porque entre ciudadanos, gobiernos y aún entre empresarios, hay valores como la familia o la amistad o los ideales sociales que a menudo descompaginan el cálculo monetario frío. La economía no es ciencia, es una disciplina de tendencias aproximativas y  previsiones inestables que suele escapársele de las manos a sus teóricos sin explicaciones plausibles.

Ahora bien, se supone que los paradigmas se cambien de una manera natural, más por el ingenio de economistas o políticos que descubren o proponen una nueva fórmula que “estaba en el aire”. Nada más representativo de este cambio de paradigma que la transformación de valores que se produce a fines de los 80, cuando se lapidan los sistemas de centralización política y absoluto control económico por injustos e ineficientes, gracias, en primer lugar, a la política de la glasnost de Gorbatjov. Es impresionante cómo en un giro de un par de años la gran mayoría los gobernantes del mundo se alínea sobre el nuevo paradigma, que busca la descentralización de la economía y la rotación del poder político, con alguna forma de democracia interna.

La que más sufre con la adaptación a las nuevas reglas del juego internacional es China, que hace equilibrios en cuerda floja para para descentralizar su economía y luego reformar el sistema de gobierno sin que se note que ha renunciado a los principios comunistas tradicionales.  Desde entonces, la comunidad de las naciones va a tender a castigar o a excluir a cualquier nación que tenga formas de gobierno fuera del nuevo paradigma, lo que es entendido a cabeza gacha tanto por la Alemania comunista de Hornecker como por dictadores latinoamericanos como Pinochet.

Creo que un nuevo paradigma en disciplinas sociales está por llegar, sobre todo en lo que se refiere al rol del Estado como aspiradora permanente de riquezas y de la dilapidación o la repartición injusta de ellas y a su actual estructura que semeja cada vez más a una empresa privada mal administrada, que crea polos de corrupción e ineficiencia. Creo que la solución se refiera en reducir las zonas y las instancias de administración social y simplificar sus reglas, manteniendo como política constante la eliminación de lo superfluo y lo inútil en sus estructuras.

Creo que si se quiere salir de la crisis debemos estar dispuestos a resolver otros problemas que soporten la simplificación progresiva de los Estados, como los de la reglamentación bancaria, la de una constitución común simplificada en Europa, el corregir drásticamente un sistema de impuesto actualmente discriminatorio; el de la  eliminación de los ejércitos, la implementación de nuevos  sistemas para permitir la inmigración controlada, la investigación sobre métodos que simplifiquen el código penal y lo hagan efectivo, de métodos para elidir la burocracia sindical, a las mafias y a los grupos de presión ambientalistas que impiden las decisiones sobre obras de beneficio social. Premiar el uso de la internet para producir trabajos y entradas para la juventud desocupada y la planificación de un sistema de “democracia internet” ligada a la administración pública  para valorar las tendecias de opinión, las votaciones y los referéndum, y que además funcione como barómetro dinámico de las necesidades de la comunidad, etc.

La Historia tendrá que ir adelante sobre los rieles de estos nuevos paradigmas sociales, tendrá que apuntar hacia las directivas de las investigaciones y los descubrimientos científicos y su progreso dependerá de este confronto de ideas y de estos conflictos entre las tres visiones del mundo, la agnóstico-laica, la ideología ecologista y de la religión musulmana o cristiana.

En el plano micro no se avistan grandes transformaciones pero sí la decadencia de la fiebre terrorista religiosa. La China pasará a tener la mejor economía y la crisis europea se detendrá cuando se re-asiente la economía a niveles de producción chinos. Van a repuntar o a mantenerse los países petroleros y dueños de riquezas naturales. Habrá más movilidad internacional de la mano de obra y más cosmopolitismo  en todo el mundo. Las fronteras se disolverán de a poco junto con las nostalgias nacionalistas.

¿Cree que en el futuro próximo el formato libro tendrá la misma relevancia? ¿Por qué?

Sí, va a tener tanto o más, así como todo arte y productos materiales que no tengan que ver con internet. La tendencia a pública poner todo en carpetas electrónicas todo va a seguir siendo válida para archivos, para organizar mejor nuestro trabajo, para memorizar lo que ha quedado fuera del alcance de nuestra memoria, pero por otra parte hay ya una tendencia civil clara a revalorizar todo lo no-electrónico, todo lo concreto y tangible que salga de la labor humana.

Háblenos de su trayectoria docente y literaria y cómo ha vinculado ambas.

Lo primero que escribí, durante meses de insomnios nocturnos en mi adolescencia, fue una novela filosófica, “La duda”, que tenía mucho de reflexiones sobre la libertad humana y las potencialidades divinas y poco de novelado. Desde entonces, me ha atraído siempre la literatura que expresa algo filosófico y me entusiasmaba en primer lugar Calderón de la Barca, que sabía poner en poesía las reflexiones sobre la vida de Segismundo. Durante mis estudios me atrajeron sobre todo la literatura psicológica de O´Neill, Sabato y Tennessee Williams y la literatura filosófica de Camus y Sartre. Las primeras obras que publiqué fueron novelas políticas, en las que no faltaban reflexiones teóricas sobre la sociedad… En resumen, estaba continuamente a la búsqueda de un lenguaje que ensamblara la descripción la existencia cotidiana con reflexiones filosóficas o sociales. En ese estilo, he publicado novelas, cuentos, antologías y memorias.

Mi carrera universitaria, en cambio, se versó hacia otra de mis temáticas preferidas: El puesto del Hombre en el Cosmos. A través de mis lecciones de descubrimientos científicos que se relacionaran con el orden del Universo y la presencia de un Creador en él,  reflexionaba y hacía reflexionar a mis alumnos.  Mis investigaciones en la Universidad de Lund me llevaron a interiorizarme  en los pensamientos de Foucault y Popper. Mi tesis sobre la validez de las predicciones en disciplinas sociales, entonces, fue el punto de partida para derivar hacia un análisis amplio de todo lo que me había interesado desde siempre; la idea inicial era versar en una obra todo el conocimiento que había adquirido. Ése iba a ser el contenido de “Del Homo al Hombre”, pero en realidad resultó más que eso.

Bueno, si hay una constante entre la docencia filosófica y la práctica literaria es que la preocupación en ambas gira alrededor del ser humano, sus emociones, sus aspiraciones, sus fobias, su conocimiento, su condición de ser consciente y pensante.

¿Cuáles son sus referentes intelectuales y literarios?

Debo especificar que si bien tuve referentes, siempre evadí los compromisos con una corriente, una escuela o un modo de pensar. Cuando escribía un libro, ni copiaba ni tomaba como modelo ni hacía concurrencia con otras obras. Evadía encajonarme en estilos y temáticas. Tenía como una obsesión de no alejarme de mis puntos de vista y de mi modo de pensar.  Por ello, pienso escribir otro ensayo sobre la autenticidad, entendida al estilo sartreano: el arte de vivir de acuerdo con la propia condición y los propios intereses, que en nuestros tiempos está más  distorsionado que nunca por ideologías y religiones. Un referente intelectual con praxis política fue el marxismo: Me había fascinado la idea de la transformación social a que se podía aspirar con un simple asalto a los Cuarteles de Invierno o al Moncada y sobre todo la idea de moldear sociedades para eliminar sufrimientos e injusticias. En tiempos de  viajes en vapores tomé mis valijas y fui a investigar en cómo se aplicaban los principios marxistas y cuán feliz era la gente en Yugoslavia, Checoslovaquia y Bulgaria. Fue una decepción pero me mantuve aferrado a los ideales porque suponía que otros socialistas estaban haciendo las cosas de otra manera en otros países (que yo no conocía). En 1975, los ensayos de los Nuevos filósofos Glucksmann y Bernard-Henry Lévy me llevaron a un pensamiento crítico sobre el marxismo.

Como tempranos aproximamientos a la literatura y el cine, me encantaron las imágenes creativas de Antonioni, tanto los filmes románticos-desesperados como aquéllos de reflexión intelectual  (como el “Blow up”), y la literatura de Julio Cortázar con sus personajes surrealistas y sus juegos metafísicos, los films de Fellini y los de Buñuel, excéntricos, burlones y paradójicos… Así mismo los autores escépticos a ultranza, como Kafka y Orwell, testimonios de lo angustioso y absurdo de nuestra existencia… El pesimismo de Rubén Darío y de Larra, y me atrajo de sobremanera  la pesada conflictualidad psicológica de Bergman… Todas eran invitaciones a nuevos mundos y emociones, que me aportaban mucho en mis preguntas sobre la existencia

¿De qué libro le hubiera gustado ser autor?

De varios, como “1984” de Orwell, de “El diablo y el buen Dios” de Sartre y el Quijote.

Pero sobre todo me hubiera gustado haber escrito la obra de Cervantes. Y no renuncio a las esperanzas. En realidad, aún conservo el proyecto de describir un Quijote de nuestros tiempos, un personaje que haya leído mucho de alguna hazaña histórica y se haya quedado fijado con ella; un tipo excéntrico para nuestro tiempo que necesite visceralmente seguir el estilo de vida que le señalan sus ideales librescos. Un autodidacta que tomara al pie de la letra las ideas y la moral de esos héroes de sus libros sólo porque “siente” creer en sus ideales. Un moralista en un mundo de morales relativas y tomadas a la ligera. Un descentrado social. Un apasionado, un soñador, un aventurero, pero en ningún caso un loco. Pienso que don Alonso Quijano tampoco lo era.

¿Cuáles son sus próximos proyectos librescos?

Bueno, éste Quijote moderno es uno de ellos, pero hasta el momento está sólo a nivel de apuntes. El libro sobre un retorno a la existencia auténtica es otro. También hay en curso una reedición aumentada del libro “Señas personales: ninguna” que publiqué por primera vez en Berlín Occidental en 1975 También estoy en vías de preparar una segunda edición de “La Guarida”, que vendrían a ser mis memorias entre los años 1942 y 1974.

Una quinta obra a destacar es un estudio sobre las visiones del mundo de nuestros tiempos que ya está terminado y listo para ser editado por la MundiBook a fines de septiembre. Se llamará “El pensamiento del siglo XXI” y va a analizar las visiones del mundo, los conjuntos articulados de ideas que se presentan como aspirantes a hegemónicos durante nuestro siglo.  Pienso que son tres las principales: La ideología ecologista, la religión musulmana y el agnosticismo laico.

El libro empieza, en realidad, con los orígenes de estas visiones en la historia primitiva y antigua. Creo, como Ortega, que para entender un fenómeno haya que ir a sus orígenes. Pienso que haya una relación y una continuidad en más allá de lo que sospechamos entre los primeros intentos del Homo de darle sentido al mundo y algunas de las modernas ideologías.

¿Desea añadir algo que se nos haya quedado en el tintero?

Quiero agradecer la dedicación y la profesionalidad con que las editoriales Niram Art y Mundi Book han tratado mis obras, a Lidia Fernández y Bogdan Ater en especial. Lo mismo a la editorial chilena Atlante, que publicará una segunda edición de “Del Homo al Hombre” en Santiago algunas semanas más tarde y a Max Clementi y Magdalena Santa Cruz que la hicieron posible.