Jul 272014
 

Publicado en la Azay Art Magazine

Diego Vadillo – escritor y analista de arte

Apocalipsis. El peligro del espacio, de George V. Grigore,  Niram Art Editorial

“¿Cuándo fue el gran estallido/ dónde estamos antes de nacer/ dónde está el eslabón perdido/ dónde vamos después de morir/ qué son los agujeros negros/ se expande el universo/ es cóncavo o convexo/ qué es el ser/ qué es la esencia/ qué es la nada/ qué es la eternidad/ somos alma/ somos materia/ somos solo fruto del azar/ es fiable el carbono 14/ es nuestro antepasado el hombre de orce/ quiénes somos/ de dónde venimos/ adónde vamos/ estamos solos en la galaxia o acompañados/ existe un más allá/ hay reencarnación…?”.

Todas estas interrogaciones pertenecientes a una canción del célebre y desenfadado grupo Siniestro Total son muy pertinentes en el libro que nos ocupa: “Apocalipsis. El peligro del espacio” (Editorial Niram Art, 2014) de George V. Grigore, un libro que es un intrincado trabajo que abunda en esa gran cantidad de vacíos por colmar los cuales jalonan la historia de la humanidad y para ello recurre a todas las disciplinas a su alcance, científicas o paracientíficas.

Y es que hay enigmas que la ciencia de nuestros días no puede explicar aún, por ello Grigore trata de subsanar una falta de luz de la que en esta ocasión no es culpable Iberdrola.

Grigore parece ser consciente en su afán dilucidador de que solo la ciencia no basta. Luís Racionero nos advertía de que Arte y Ciencia son dos modalidades del proceso creativo que en los grandes momentos de la humanidad no se hallaban separados. Y añadía que no hay nada que compela a cultivarlos de un modo separado y antagónico como ha venido sucediendo desde el siglo XVIII. Y estirando más la madeja diremos que muchas veces la ciencia ficción se ha anticipado a la ciencia propiamente dicha.

Grigore da un nuevo giro interpretativo a los mensajes encriptados del pasado y es que cualquier teoría del mundo siempre está influida por las metáforas que se introducen en ella. Incluso muchos de los hallazgos de Newton están condicionados por previas analogías imaginativas, esto es, metafóricas.

Grigore nos hace ver en su libro que hay enigmas que la ciencia de nuestros días no puede explicar aún. Observa hechos “a priori” peregrinos como el desplazamiento de bloques pétreos de 200 toneladas y su resituación en inimaginables ubicaciones por parte de pueblos en los que no se ha constatado una tecnología semejante.

También nos habla Grigore (gran constatador de hiatos) de la cultura Mu, previa a sumeria y a Egipto. Hay, nos dice, en distintas culturas, diferentes códigos fedatarios de su existencia. Fue, parece ser, una cultura muy avanzada.

Gregore subsana la actual fragmentación del conocimiento integrando las disciplinas del saber, lo que lo lleva, por ejemplo, a otorgar otro sentido a los mitos griegos cuando escribe que Dumezil, en “Mito y Epopeya”, no entendió la diferencia entre mito y cuento, y es que, a su modo de ver, hemos fosilizado los mitos antiguos como supersticiones fantasiosas cuando, como afirmaba Aristóteles en su “Metafísica”, habían existido muchas civilizaciones en la noche de los tiempos que ya lo habían inventado todo. Y, así, habla Grigore de las edades de oro, plata, bronce, hierro… de la humanidad, que han ido suponiendo una paulatina degeneración.

Citando a Zecharia Sitchin, apunta que el “Homo sapiens” es un extranjero en este planeta, en el que existen cuatro razas generales: la blanca, la negra, la roja y la amarilla, pero se pregunta si descendemos del mono, pues Robert Chamoux apuntaba que nunca se encontraron esqueletos del hombre prehistórico que constituyeron el eslabón. ¿Qué produjo entonces ese cambio brusco e inexplicable? ¿Habría que recurrir al mito ovidiano de que el ser humano apareció bruscamente en el medio natural?

Por último, no podemos obviar el mensaje apocalíptico que todo lo envuelve y es que, como buen actor que es, Grigore se metió en un momento dado en la piel de Nostradamus, introduciéndose asimismo en su orbe teórico, para, conchabándose con sus más terribles presagios, desasosegarnos del modo más ameno.