Aug 102014
 

Publicado en la Revista Azay Art Magazine

Por Héctor Martínez – escritor

Historia de Asia Moderna, Sorin Mitu,  Niram Art Editorial

La obra del Profesor Mitu me ha recordado las clases y los libros de uno de los grandes profesores de esta Facultad de Filosofía de la Complutense y gran arabista, Rafael Ramón Guerrero. Normalmente, cuando yo estudiaba aquí, no éramos muchos los matriculados en sus cursos de Filosofía Árabe y Judía. Y él, lo recuerdo bien, achacaba el desinterés al prejuicio historiográfico del occidentalismo en la vieja Europa. De hecho, incluso protestaba en sus libros de que en el ámbito de la Historia de la Filosofía se barría de un plumazo toda la Era Medieval denigrando, no ya los planteamientos del mundo árabe y judío, sino incluso de la escolástica. Escribía en su Historia de la Filosofía Medieval: «Desde que la Edad Media y la civilización medieval fueron caracterizadas por los humanistas de bárbaras y oscuras, este descrédito ha perdurado durante muchos siglos».

Y es cierto, la Historia de las Civilizaciones que normalmente nos cuentan no incluyen determinadas culturas ni países de los que desconocemos prácticamente todo, y sólo se mencionan en caso de que algún país del occidentalismo se interesara por ellos. Cuando estos países, culturas y civilizaciones se estudian, se consideran especialidades frente a la Historia Occidental que hacemos pasar como Historia del Mundo Contemporáneo. Puedo decirles que en Filosofía o en Literatura ocurre tres cuartos de lo mismo. Desde la modernidad, Europa, Europa y más Europa.

Desde la expulsión de los árabes y del mundo islámico de la península ibérica, toda su cultura desaparece de nuestros libros de historia. Y sólo reaparecen últimamente en la misma forma bárbara y prejuiciosa en la que el llamado Occidente los mira como amenaza.

Es como si el arabismo no hubiese existido durante 500 años. Pero tampoco sabemos de China, de Japón, nada de Kuwait, de las Coreas, Vietnam, Afganistán, Irán, Pakistán, Turquía…. Y se habrán dado cuenta de que he mencionado países que a todos ustedes les suenan, pero del que nada pueden decir más que asociados a la palabra guerra, y no a cualquier guerra, sino a guerras con el llamado Occidente de por medio. Si no, ni sabríamos nombrarlos.

Nada del continente asiático. Tampoco del Africano. Con mucho orgullo, los excluimos y nos hemos alzado como los escritores y protagonistas de todo el mundo, y sólo contamos la historia según nos va a los europeos. Y esto, se mama desde las escuelas.

Libros como el del Profesor Mitu, aún hoy para el mundo académico, son, como he dicho, especialidades que, sin embargo, hieren ese injustificado orgullo europeo y occidental.

“La Historia de Asia Moderna” (Editorial Niram Art) es la historia de un continente ignorado, el más extenso, el más poblado y el más variado en cuanto a culturas y civilizaciones. Y sin embargo, al eurocentrismo y occidentalismo que he mencionado, debemos añadir el “orientalismo” inventado por el propio Occidente. Es decir, la idea de que la palabra “Oriente” tiene un sentido unitario, homogéneo, y, obviamente, despreciativo. Precisamente fueron las páginas de este libro las que me recordaron al profesor Ramón Guerrero, por ejemplo, al escribir el profesor Mitu las siguientes palabras: «Este modo de etiquetación, al que podemos llamar “orientalismo” (u orientalización) incluía también la idea de que la civilización occidental era superior al barbarismo oriental, y que los europeos tenían la misión de civilizar y elevar a esas poblaciones de su estado retrasado. Por supuesto, esto justificaba, implícitamente, la dominación política o económica ejercitada por los poderosos europeos en el Oriente, en el periodo colonial. El fenómeno de la “orientalización” y toda la tradición cultural del eurocentrismo viciaron el conocimiento de la civilización islámica de los europeos, tanto desde el punto de vista científico como también de la cultura de masas. Los prejuicios y los clichés simples sobre una realidad ajena siempre dificultan la comprensión auténtica del Otro, el dialogo e incluso la convivencia efectiva, las relaciones concretas entre diferentes países, culturas y pueblos. Por eso, el abandono de la perspectiva tradicional, centrada casi exclusivamente en Europa, y la atención manifestada hacia otras culturas representan prioridades para el conocimiento histórico, sobre todo en el mundo de hoy, comprometido con el proceso de la globalización».

Ésta es la motivación principal del libro: ofrecer esa Historia que nos ha sido sustraída, relatar esa Historia que ha sido despachada con cuatro etiquetas que, a cualquier historiador que se precie de serlo, deberían horrorizarlo. En lugar de contarnos por enésima vez el relato de nuestro continente europeo, que como un Cantar de Gesta va variando según el juglar que lo cuenta en éste o aquél detalle; en lugar de mirar y remirar nuestro propio álbum de fotografías de forma narcisista… empezar a sentir curiosidad por la Historia de los que han sido olvidados dentro de nuestra Historia.

Diríamos, y diríamos bien, el libro del profesor Mitu se moja historiográficamente y se rebela contra un modo de hacer y contar la Historia. Es un alegato contra el eurocentrismo histórico y sus clichés. Como bien defiende, Asia es el nombre dado a un continente que en modo alguno está definido geográfica o culturalmente. Y peor aún, la palabra “Oriente”, tal y como subraya el profesor Mitu, acentúa y acrecienta esa ignorancia intencionada. Cito sus propias palabras: «Asia representó para los europeos sólo la alteridad, un “otro” diferente y exterior. Éste Otro fue destinado al conocimiento, la exploración, las reverías y finalmente a la dominación. (…) El Oriente es el término más general, vago y que todo lo abarca que designa prácticamente todo el espacio de la alteridad, definido en términos de la cultura europea».

Asia ha sido y es entendida aún hoy como el espacio no-europeo. Quiero decir, no ya sólo como la alteridad o lo Otro, lo desconocido y extraño, sino, como sugiere el profesor Mitu, como una negación de lo europeo, y por extensión, de lo occidental. Se le atribuye, consciente o inconscientemente, un sentido negativo que bloquea toda curiosidad, una negatividad que se interpone como un muro infranqueable (falsamente infranqueable) construido de ladrillos de ignorancia. Las mismas expresiones de “choque de civilizaciones” o “alianza de civilizaciones” o “diálogo intercultural”, son tan europeas como desafortunadas, porque asumen en su propia semántica ese sentido beligerante, negativo, y siguen afirmando la existencia de un muro y de un enfrentamiento.

Sin embargo, y en esta Facultad de Filosofía y Letras se debiera entender, la verdadera actitud de honestidad intelectual es el reconocimiento de nuestra propia ignorancia. Sólo entonces, reconociendo nuestra ignorancia, estamos en disposición de solventar el problema. El libro “La Historia de Asia moderna” del profesor Mitu tiene esa honestidad intelectual del historiador, y en general, del filósofo.