Aug 122014
 

Publicado en la Revista Azay Art Magazine

Por Héctor Martínez – escritor

Entre Oriente y Occidente, Laura Stanciu  Niram Art Editorial

Cuando los más próximos a mí me veían leyendo el libro y me preguntaban el título, se sorprendían. Entre Oriente y Occidente. Sobre la Iglesia de los rumanos de Transilvania en la primera mitad del S.XVIII. Así, a bote pronto, le resultaba una lectura demasiado especialista y pesada, y encima, de temática religiosa, asunto que hoy parece estigmatizado con todo tipo de adjetivación negativa.

Esto me llevó a recordar mis años de Universidad, todavía no tan lejanos, en la Facultad de Filosofía de la Complutense. Allí, dentro de los programas de estudio, había diversas asignaturas como Fenomenología de la Religión, El Sentido Religioso, Filosofía Árabe y Judía, El Problema de Dios, y cursos de Filosofía Medieval. Y en dichas asignaturas, normalmente estábamos cuatro gatos. En general, había mucho recelo, nacido de cierto veneno ideológico, sobre estos contenidos. Curiosamente, les sucedía tres cuartos de lo mismo a las asignaturas que se orientaban más hacia el campo científico, Filosofía de la Ciencia, Lógica, Filosofía matemática, sólo que aquí el criterio no era la ideología, sino la reacción contra el cientificismo.

A mí me sorprendía la actitud de mis compañeros, estudiantes de una Facultad llamada Filosofía. Una actitud que me he vuelto a encontrar en aquellos que me veían leer el libro de la profesora Stanciu.

Esto es lo que me ha llevado a plantearme responder la pregunta que me hacían a mí, ¿por qué lees ese libro?

Para mí hay varios elementos muy significativos en el hecho religioso y la Historia de las Iglesias. El primero y, creo, fundamental, es que fue y sigue siendo un hecho predominante en lo político, en lo científico, en lo social y en las costumbres. Esto es uno de los puntos centrales del libro de la profesora Stanciu.

El hecho religioso en sí mismo no es una mera cuestión de profesión de fe. Históricamente, no es simplemente un creo o no creo, o un en qué creo o en qué quiero creer. No es algo que se resuelva contestando si Dios existe o no. Incluso eso puede quedar al margen. Las Iglesias, de cualquier confesión, han determinado junto a otras Instituciones, las formas de vida y la cotidianidad de las sociedades. Las celebraciones y festividades, la cultura de un pueblo, sus modos de vida, tienen en las Iglesias una buena parte de su identidad.

Una de las cuestiones que se debaten en este libro es precisamente esa: la lucha entre posturas del cristianismo como la latina de Roma y la ortodoxa de raíz oriental, donde lo que está en juego es la costumbre de un pueblo, lo que lo diferencia y lo asienta en una identidad propia. Independientemente de los cielos, el conflicto y la violencia tenían en su origen el objetivo de una hegemonía espiritual, y sus correlatos político y social.

La profesora Stanciu lo subraya a cada página. El problema no era tanto la discusión teológica sobre los puntos cardinales de la fe entre Roma y los orientales, sobre lo que cabía acuerdo en los cuatro puntos florentinos, sino en los ritos, el ceremonial, las festividades y las costumbres, es decir, la vida espiritual de cada transilvano. La hegemonía pretendida desde el catolicismo romano de los Habsburgo, entre otros, amenazaba la forma de vida tradicional con la que se identificaba el pueblo transilvano. Y no hay nada más traumático para un pueblo que la negación de su costumbre y la imposición de otras.

Para que me comprendan, olvidando el tema religioso, ejemplos tenemos los españoles para dar y tomar respecto de lo que han sido o son costumbres nuestras en liza con el afán de europeizarnos. Enconados y violentos son los debates sobre asuntos como el del tabaco, los toros, o más recientemente, los horarios de comidas o lo que se considera excesivo número de festividades o periodos vacacionales escolares, el tuteo informal o las maneras de presentarnos con una proximidad que al europeo no le gusta un pelo. Nos ocurre a muchos una sensación de doble personalidad al vernos como bárbaros incivilizados al mismo tiempo que lo consideramos nuestra idiosincrasia.

Si ahora volvemos la vista a los siglos XVI a XVIII, entenderemos de mejor manera el miedo que para el pueblo transilvano suponía abandonar su tradición, y la lógica oposición, no ya por exacerbado nacionalismo, sino por el hecho de que es la cultura, para bien o para mal, en la que uno se ha criado y a través de la que comprende el mundo.

En ese pasado histórico, querámoslo o no, están las raíces de una forma de ser incluso actual, que actúan en la cosmovisión de los individuos, hasta del más ateo. Atender esas raíces, estudiarlas, analizarlas y presentarlas, como en este libro, es, por ello mismo, algo necesario para intentar comprendernos a nosotros mismos como pueblo, en este caso el transilvano, conocer el de dónde venimos culturalmente, sin que ello suponga un inmovilismo, el cual, por la naturaleza humana misma, es imposible.

Por otro lado, desde el punto de vista historiográfico, el ámbito de la Historia de la Religiones y las Iglesias, es una perspectiva clave en la comprensión de los cambios geopolíticos, las desavenencias y las alianzas entre Estados, los recelos etc.

Hablamos de los coletazos de los grandes cismas religiosos, de las ondas en el agua generadas con la Reforma protestante y la Contrarreforma católica. Precisamente los españoles, contra lo que se piensa, tenemos un pie a cada lado. Uno de los grandes mártires para la Iglesia Unitaria de Transilvania fue un español, de Huesca, Miguel Servet, y una de las compañías que más ayudaron en la Contrarreforma, frente a los movimientos cismáticos, fueron los jesuitas de San Ignacio de Loyola.

Estos hechos, los cismas, eran usados justamente en lo político como una razón de peso. De hecho, como bien menciona la profesora Stanciu, la cuestión religiosa fue empleada contra la casa de Habsburgo, en su rama austriaca (tengamos en cuenta que existía también la nuestra, la española), la cual, como católica a ultranza, buscaban la unión de los rumanos con Roma y extender así la autoridad de Viena sobre el Principado transilvano. Las persecuciones, detenciones y condenas, la violencia en general, tenían como telón de fondo intenciones como ésta, más allá de la fe y de las costumbres. Además, el caos político-administrativo entre el Reino de Hungría y el Principado de Transilvania años antes, con dos reyes en liza, era un perfecto caldo de cultivo para el enfrentamiento, en el que la religión y las Iglesias aportaban un ingrediente más.

Impulsar conversiones y perseguir a los que no defendían la unión con Roma era una forma de intentar mantener un absolutismo mediante el sometimiento.

En esto, España tampoco es ajena. Nuestra primera unidad política es también una unidad religiosa bajo el signo del Cristianismo con los RR.CC. Y fue España uno de los principales valedores de la Contrarreforma, de las persecuciones, de la imposición de conversiones, y uno de los países en que más activa fue la Inquisición hasta hacerse un tan doloroso como destacado hueco en la Historia.

A colación de ello, y en último término, un libro como éste aporta otro dato fundamental que habitualmente se olvida por aquellos que dejan de lado la Historia de las Religiones y las Iglesias.

Comúnmente se habla del Cristianismo en general, y se confunde con el Catolicismo de manera muy habitual. Ahora bien, las divisiones dentro del Cristianismo, así como el hecho de que Roma no ostenta la hegemonía del Cristianismo, sino sólo la visibilidad histórica, es algo evidente en el caso transilvano que la profesora Stanciu plantea.

Transilvania era tierra de una gran diversidad confesional, destacándose el catolicismo, calvinismo, luteranismo, unitarismo, y la iglesia ortodoxa mayoritaria. Esta amplísima desunión cristiana es un elemento a tener muy en cuenta en las reformas políticas dentro de la Europa de la Ilustración, porque es el seno de las continuas disputas sociales que perfectamente podían arruinar a un Estado e involucrarlo en un enfrentamiento civil. Las reticencias de, por ejemplo, María Teresa de Austria, a la tolerancia religiosa (a pesar de Edictos como el anterior y ejemplar de Turda de 1568 o las reformas leopoldinas), y su férrea defensa del Cristianismo romano, no ayudaban a solventar el clima continuo de conflicto dentro de la propia comunidad Cristiana.

Una imagen que el lector sacará de estas páginas es esa pelea intestina dentro del propio Cristianismo. Una vez instalado el poder religioso del Cristianismo en Europa, éste se vuelve enemigo de sí mismo en disensiones, cismas, diferencias ceremoniales y dogmáticas, prácticas… todos basados en la Biblia y en la figura de Cristo. Algo que debilita la solidez del dogma y la fe, pues como fue para los Padres de la Iglesia, y como fue para San Agustín y Santo Tomás, entre otros, Cristianismo sólo hay uno y sólo hay una verdad, el Cristianismo. La unión en la fe, a raíz de ello, era fundamental para no demolerse los cimientos de la Institucionalización religiosa frente a otras religiones que amenazaban por el Sur y donde la actual Rumanía ejercía de frontera.

Como empecé diciendo, el gran dilema fue la unidad del rito, el signo de identidad de cada confesión y pueblo, y, por ende, las rivalidades para ostentar el poder y ejercer la hegemonía espiritual y política.

La zona transilvana era, por tanto, una especie de límite imaginario espiritual entre el ceremonial oriental heredado y el ceremonial occidental impuesto, un cruce de culturas, el ojo del huracán donde, y cito a la profesora: «A los ojos de los rumanos, el catolicismo constituía la vía hacia la emancipación, hacia el progreso, mediante la apertura de las posibilidades que ofrecía el sistema escolar de enseñanza católico. Desde el punto de vista espiritual, los rumanos asumieron, a través de la unión con Roma, la posición de mediadores entre Oriente y Occidente. Ese fue el papel que desempeñaron en la época de la que hablamos. En todo ese periodo, el clero rumano favorable a la unión guardó la tradición de su fe, pero también desarrolló un interés real por el conocimiento tanto de la Iglesia Católica como de la cultura y la civilización occidental».