Aug 012014
 

Publicado en la Revista Azay Art Magazine

Diego Vadillo – escritor y analista de arte

El cazador de mariposas – Riforfo Rex

El pasado 25 de julio desembarcó en la librería Cervantes y compañía el cuentista canario Riforfo Rex (alter ego literario de Ricardo Pérez). El hecho de aludir al autor de El cazador de Mariposas como cuentista ha de asimilarse de la más fascinadora manera, ya que el mencionado título que, a la sazón, fue el objeto del acto al que nos referimos, nos dio a los allí congregados la posibilidad de disfrutar de una amenísima tarde al calor del sol madrileño-estival (a la horas en que este entibiece) y de las intervenciones de Riforfo Rex al respecto de los cuentos que habitan su obra.

 Y es que se trataba de presentar un libro de relatos “alados”, ya que se puede intuir que los susodichos revolotearon en rededor de la cabeza del literario creador antes de que este, previa feliz captura, los taxidermizara en la hoja impresa. Riforfo Rex apuntaba aquella tarde lo azaroso de esos díscolos momentos de inspiración en que brotan los futuros cuentos, por ello tuve a bien definirlo como “captor de momentos inefables”, unas veces por lo hilarante, otras por lo sublime, otras por lo chusco, otras por lo tremendista…

 Producto de la empírica experiencia trascendida, unos, y de la mera inventiva sublimada, otros, los cuentos que componen El cazador de mariposas es un compendio de vivencias más o menos sentidas en carne propia, pero sí relacionadas de las más diversas formas por quien hace cordial uso literario de lo vivido-sentido.

 Aparte de su creador, los cuentos comparten un dejo de ironía, más o menos sutil según de cual se trate. Asimismo, hay en El cazador de mariposas una poesía de lo cotidiano, como cuando en el relato “Castañas” apunta el autor que su abuela dibujaba una sonrisa a las castañas antes de echarlas al caldero para asarlas, queriendo referirse a que les hiciera un corte con un cuchillo antes de asarlas. En este y en otros cuentos hay guiños a sus recuerdos de infancia por parte del autor. Lo kafkiano-luctuoso aparece en “El crimen”, al tratarse de un relato que hace de lo macabro virtud cuando un tipo acude al médico con un cuchillo clavado en la cabeza y, al indagar el galeno que lo atiende en los motivos, se empiezan a producir una cadena de impensadas y rocambolescas circunstancias. “El árbol” emparenta con lo inverosímil. “La canción de Olga”, con el surrealismo, con imágenes tan extrañas y hermosas como aquella en la que a la protagonista le nace un gato de la garganta que acabará convirtiéndose en un tigre azul en un momento dado.

Al fin, lo existencial está de fondo en toda la obra, pero donde más en carne viva se percibe es en cuentos como “El hombre que vivía mi vida” y en “La nada en bicicleta”, en ambos campa a sus anchas el sinsentido, la falta de identidad y la ausencia de horizontes.

Los 31 cuentos que engrosan El cazador de mariposas no poseen más hilo conductor que el ser objeto de la aprehensión por parte de su autor de los mimbres inspiradores que lo llevaron a su concepción. Se trata de un libro amenísimo que permite ser comenzado por cualquiera de sus capítulos, pues los relatos cuentan con autonomía y audacia en grandes cantidades.