Sep 152014
 

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José Filadelfo

Yo mismo no quiero morir

delante de la gente,

no quiero morir

debajo del automóvil,

perdido y temeroso,

no desde las manos

de un espíritu oscuro,

esa lengua de rencor

y las tinieblas que ahogan

llevan malas noticias

no,

no quiero

engendrar más pasado

como sardinas de odio,

morir

delante de todos,

frente a los ojos atentos.

No quiero morir,

en un principio,

por el deseo de permanecer

con el color azul y sereno

en la frente.

Golpeando al aire quiero

permanecer,

por el infierno

de puertas abiertas

temido y amoroso.

Busco así

el mato grueso

en que reposen

los vertederos de un pecho

que amordace mi cuerpo

y rompa en libertad

sobre dos pechos diáfanos

saliva y diente.

Y respirar con su pulmón,

con mi barbilla levantar

ambas preciosas,

para dormir en paz, y morir,

de ser posible,

como un afortunado

que quiere verme desde ahora.

Porque estar en la sombra es dulce

cuando se ama entre brazos.

Limón sobre las encías,

y el grito desbordante

de un profundo misterio revelado,

después de haber rasgado

y bebido

del pasado su íntima pérdida.

Puesto que el aliento brota

como miel eléctrica

de mi pecho,

me dispongo a conservar

todo lo que en mi cuerpo habite

y todo lo que mi cuerpo

deje de tomar.

De acumular ya estoy harto,

y sin embargo, puedo,

amar dos largos brazos más,

nueve canciones con el mismo cello

y la aventurta rabiosa

y dulce de amar

sin buscar venganza.

Para no morir como lo temo,

es necesario hacer justicia

sobre el cuerpo.

Y que se llamen panchos los cantantes

y güeras las hermosas,

tanto como yo mismo sé

que habré caído

en loca superficie

y cristalina muerte

de a deveras

por las manos y el alma

devastadas.

Amo poder salir de esta ciudad

y dolerme enamorado

esta pena

el nombre

por ese otro nombre

y hombre

que me dio tanto gusto en conocer

desde el saludo y desde la cama.

Y pasear por la tarde, a cualquier hora,

sin temer que se prenda la farola.