May 172016
 

Página del autor

José Basilio Casanova

Hablar de arte moderno, es sinónimo de hablar, para buena parte de los historiadores, del arte surgido en Europa a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Un arte que emerge en Occidente como resultado de la escisión producida entre lo neoclásico -el arte ilustrado o de la razón- y lo romántico -el arte de la emoción. Una y otra dimensión, la racional ilustrada y la emocional romántica aparecen, en ese momento histórico, y por primera vez quizá en la historia de la humanidad, disociadas. Es en esa disociación entre Neoclasicismo y Romanticismo donde existe unanimidad en localizar el origen de la modernidad en arte.

Un siglo después, en 1882, uno de los más sobresalientes filósofos de la modernidad escribió:

Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado. ¿Cómo podríamos reconfortarnos, los asesinos de todos los asesinos? El más santo y el más poderoso que el mundo ha poseído se ha desangrado bajo nuestros cuchillos: ¿quién limpiará esta sangre de nosotros? ¿Qué agua nos limpiará? ¿Qué rito expiatorio, qué juegos sagrados deberíamos inventar? ¿No es la grandeza de este hecho demasiado grande para nosotros? ¿Debemos aparecer dignos de ella?

Estas palabras las pronuncia el personaje de un loco en la obra de Friedrich Nietzsche La gaya ciencia. Afirma en ella el loco nietzscheano, que Dios ha muerto y que hemos sido además nosotros quienes le hemos dado muerte. De lo cual se deduce que Dios, como muy bien ha sabido ver Jesús González Requena, existe, o ha existido.

Habla, pues, Nietzsche, en su obra, del derrumbe de ese Dios de todos los hombres, masculino y patriarcal que alumbrara, de manera agónica, el cristianismo. Y es en el derrumbe de esa divinidad masculina y paterna, en un movimiento lógico de compensación, donde parece estar la causa de la emergencia de toda una serie de figuras femeninas y maternas cada vez más endiosadas. La obra del pintor neoclásico Jacques-Louis David, autor con el que iniciamos el presente trabajo, constituye, creemos, un claro ejemplo de ello.

El presente ensayo, cuya pretensión no es otra que repensar el arte moderno desde esa perspectiva, arranca, precisamente, ahí -en el Neoclasicismo-, y lo hace poniendo el acento en la exaltación narcisista -exaltación del yo-, que sigue a ese momento de quiebra en el que el ser humano comienza a vivir sus emociones desconectadas de su razón, o su razón desconectada de sus emociones. (el autor)